22/3/11

En la nada lo encontré todo

El otro día ví una película. Me enamoré de la amistad nonsense, de esas relaciones que por mucho que parezcan tóxicas se defienden a bocados y permanecen, una amistad de las que estúpidamente una va creando uniones, lazos, entresijos por doquier. No me suelen gustar las road movies, se me hacen eternas con sus escenarios limitados -no imaginemos Buried, que la evito ver pese a sus críticas excelentes- pero ésta me encantó. 

Escenas en las que una diva en lo alto de una caravana luce un modelo exagerado, escenas en las que ser diferente es una muestra de valentía innata y escenas en las que el amor, el sexo, lo glamuroso y lo vulgar se dan abrazos espinosos. Un viaje al interior de Australia (que bien podría ser América) rural, vasta y basta, desértica, vacía pero llena de personajes inolvidables que van desde el aborígen al marimacho, desde el urbano al retrógrado... Momentos como subir a lo alto, mirar los cañones y, sin embargo, bajar los pies al suelo, lucir pestañas en medio de la arena y, sobre todo, escalar más alto, más... al escenario de la vida, a las luces de neón en vez de las diurnas, maquillarse de colores la tristeza y desquitarse de los complejos... ¿Dije complejos? De los prejuicios, de los "dimes y diretes" y afrontar realidades por mucho que intenten negárnoslas.

Somos libres, canta la película, y sin pintamos de rosa la caravana diluimos palabras insanas que pretenden dañar. Y yo quisiera subirme a unas plataformas, ser más alta, disfrazarme de mí misma para ser más yo que nunca, dar voz a la autoestima y gritar y contonearme si hace falta para insultar con el orgullo de la aceptación a quienes no se atreven a aceptarse ni, mucho menos, a respetar. Y si la felicidad es amarga pero tiene regusto dulce, pienso darle un bocado y ahogarme.


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