20/6/10

Una joya espinosa

Lo primero de todo, al final de las entradas no veréis la opción de comentar -creo- así que, aunque no vayáis a hacerlo para evitaros la molestia -y gran esfuerzo- de tener que volver hacia arriba, os digo ya mismo que pinchéis al título de la entrada (en este caso "Una joya espinosa") que os redirecciona en un plis a la entrada con la ventana incrustada de comentarios al final de la misma. Igual habéis pinchado del blogroll por ser la última entrada y os ha direccionado directamente con la opción. De todos modos, lo constato para otras ocasiones en las que no veáis la opción de comentar.


Ya... perdonad las molestias.








Una entrada dedicada a un nuevo descubrimiento. Dino Valls. Inquietante pintor licenciado en medicina y cirugía, de origen muy cercano. No soy, ni de lejos, una entendida en artes, de modo que simplemente os daré a conocer lo que a mí, personalmente, me sugieren sus obras o lo que creo que busca transmitir -o así lo interpreto, repito-. Este zaragozano creció con la afición de garabatear y bosquejar para enseñarse a sí mismo las técnicas, y, más adelante hizo propia la técnica del temple de huevo. Ha hecho aún más y ha interiorizado y llevado a su terreno personal la técnica de los pintores italianos y flamencos de los siglos XV al XVIII al mezclar temple y óleo, ahí es nada.


Pertenece al movimiento de la nueva figuración, es decir, el retorno a la pintura realista frente a los movimientos de abstracción. Así, podemos ver en sus obras a mujeres hermosas con unos labios llenos, una mirada impasible que nos inquieta por su claridad, demasiado directa para no captar el mensaje. Y el adjetivo perfecto es ése, inquietante en su belleza y la luz clara que enfoca a los personajes dede una tragaluz en un día claro de primavera. Pero en contraste a la calma actitud de los personajes, a la indiferencia a su entorno, al estatismo de nuestros reflejos enmarcados se esconde un sentimiento de incomodidad ante sus obras. Hay algo que no acaba d encajar, es todo demasiado idílico, y ahí es donde Valls introduce elementos de una manera suave -como esa luz que se escapa para posarse sobre los protagonistas-. Hilos, finas agujas, una mano con los dedos cubiertos de capuchas personificadas, desnudos, formas extrañas, metaimágenes, unas marcas de mordiscos apenas esbozadas y un can asomando en el lateral...






Valls nos muestra un mundo con luces idílicas que nos muestran, sin embargo, un mundo tétrico lleno de jóvenes con pechos apenas incipientes y unos ojos nítidos que nos enfrentan la mirada, jóvenes que Valls ha imaginado y dibujado ya que no cuenta con modelos. Valls mezcla en su obra los detalles casi de fotografía, retratos muy reales, muy cercanos que me recuerdan, vagamente, a las fotografías de la tan demandada Jill Greenberg (por la fuerza de la mirada, por el uso de la luz y esas pieles nacaradas). Pero el mensaje, la intención, el contenido -que es lo más importante- de uno y otro distan mucho de ser similares. Mientras Greenberg se hizo famosa por captar un instante "único" - algunos se quejan de que abusa de la tecnología frente al arte de la fotografía de siempre, la de un estudio, cámara en mano, estudio de la composición y algunos paneles que acondicionen la luz- como dijera el gran fotógrafo Cartier Bresson .






De modo que Greenberg se dedica a captar personas reales -retrató a la mismísima reina de Inglaterra- y a "congelar" lo que les define mientras que Valls es un pintor que parece situar a sus invenciones en un mundo cerrado, concreto pero que se nos antoja abierto y etéreo gracias al uso de la luz. Una luz que pone de relieve que no podemos huir del cuadro, fascinante, que nos atrapa en esa belleza oscura. ¿Oscura? Conmovedora, pues ya se sabe que la belleza en su máxima expresión se ha relacionado en muchas ocasiones con lo maligno, lo oculto, lo quimero e imposible (sólo tenemos que echar la vista a un boom social muy reciente como son los vampiros, seres inmortales, perfectos, inmaculadamente bellos que seducen a sus víctimas con la sobrenatural belleza que irradian). Valls nos presenta la belleza femenina como inocente, parecen, como ya he dicho, apenas jóvenes salidas de la pubertad.






Lo que me llama de este pintor es que con apenas insinuar o en composiciones más creativas nos provoca un estado de sospecha, estamos ante un cuadro que se nos aparece como llave a un cuarto lleno de secretos, a un mundo alternativo (dos puertas con unas cuantas fotos clavadas de un ojo, un pezón... sencillas. Mezcladas con detalles de una zona de piel con puntos, unas pinzas... de un modo que se equilibran, no tropiezan y solas no nos dirían nada). Valls parece guardar en sus obras esa belleza que las viejas casonas victorianas tienen y que, sin embargo, cuando permaneces más de unos apenas 30 segundos mirándolas, acaban por emitir una energía turbadora.






Llevándolo a mi terreno, nos convertimos en Fanny Price de "Mansfield Park" (obra de Jane Austen) y, a través de un castillo vislumbramos recovecos que nos engañan. Valls construye así un mundo entre onírico y kafkiano, un mundo de saber estar y de armonía que descoloca los esquemas. Dino Valls, vecino cercano, nos abre la mirada a su paraíso particular.






Para más información, y si te ha gustado, nuestro querido zaragozano tiene una web oficial donde puedes ver dónde expondrá, libros que lo citan y, por supuesto, ver las demás obras. Yo, por mi parte, pienso seguirle la pista. Si te has quedado con ganas de más, aquí lo encontrarás.

2 comentarios:

  1. Si, es una obra turbadora, no se que pensar, por un lado me fascina y por el otro me espanta, pero no te deja indiferente, no. He llagado a ti por esto del concurso 20blogs y me han encantado tus textos y reflexiones.
    Te dejo un beso y te deseo mucha suerte ;)

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  2. Muchísimas gracias por el apoyo, y perdona la demora pero he estado ausente del mundo tecnológico bastante tiempo y no he podido leerte antes.


    Me siento menos sola sabiendo que alguien me lee. Seguiré explorando mi lado creativo y escribiendo gracias al apoyo de personas como tú.

    Lo inquietante siempre nos llama, somos humanos.

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