18/6/10

S-ill-en-core Ciao coeur

Lo cierto es que cada día te comprendo menos. Estás ahí, de pie, sin tan ni siquiera dignarte a mirarme. ¿Qué te pasa? ¿Dónde se esconden todos esos sentimientos de los que presumías? Me engañaste, me prometiste amor y esperanzas, y aquí estoy, echada en el sofá, echando barriga y echando canas. Y poco menos y echo lava por la boca que antes besaras, y poco más -pues no haces nada- y te echo de casa. Pero no puedo, será por esta estúpida lealtad ganada a base de convivir y de compartir esos escasos buenos momentos que sujetan una pila de platos sucios y de pañales y de madrugadas de arrumacos. No soy capaz. Cobarde. No sirve la excusa de los hijos, que crecieron y se fueron cada uno a una esquina del mundo, con llamadas intermitentes de clónicos informes: "estoy bien, mamá, no te preocupes", "el trabajo va como siempre, con un jefe que se caga en todo y faena para rato", "¡acabo de conocer a un chico fantástico!, pero no creo que vaya en serio...", "en las próximas vacaciones os visito, ahora no puedo, de veras..."... Ahora no puedo... Y yo detenida en el limbo del deber y de una angustia a destiempo por huir, por descubrir ese mundo estresante e incierto que mis hijos están viviendo. ¡Quién fuera joven y pudiera llevar esas ropas ajustadas, o ir de viaje! Antes no se podía viajar, era demasiado caro. Antes no podías decir que no iba en serio, o te ponías en evidencia. Antes... antes yo te amaba, pero ahora no y te mira más que con pasión, con compasión. Porque has envejecido, como yo, pero mal. Esas entradas que antes te hacían interesantes se han ido comiendo el terreno de tu cabello, los ojos antes grandes sobresalen demasiado asustados en una cara delgada, muy delgada, angulosa y en la que reina una nariz aguileña. Tus cejas también han pasado de ser pobladas y profundas a ser bosques ventosos demasiado evidentes, tan evidentes que insultan la mirada. Tu boca antes apenas carnosa, de corte muy masculino ahora no es varonil sino severo, con un rictus serio y de amargura. Tienes el cuerpo encorvado ya que siempre fuiste alto. Pareces, en definitiva, un olmo hendido por su mitad, caídas todas sus hojas, un gallo desplumado que cacarea en vano.



La princesa Tarakanova por Konstantin Flavitsky.



Yo también he cambiado, y cuando me miro en el espejo no me reconozco para nada. ¿Dónde fueron los ojos bonitos, almendrados, ahora reducidos a dos canicas? Y la boca, ¡Dios!, esa boca mía tan hermosa que los volvía locos, llena, jugosa, irremediablemente coqueta aun desnuda y sin brillos que la resaltara, tan bien dibujada y con su forma de fresa jugosa, dispuesta a remojarse en una copa de champagne o en otra boca. En cuanto a mis pómulos, han caído en dos colgajos tristes a lo largo de dos surcos en torno a mi boca. Esos pómulos orgullosos, casi de indígena, altas colinas que me daban un aire exótico. Y la nariz, qué peculiar nariz, imperfecta en su perfección. Nunca me gustó pero decían que me daba carácter. Una nariz con un pequeño bulto en la mitad de su camino, levemente respingona al final. En conjunto no era muy atractiva, con un cuerpo demasiado mediocre, sin curvas demasiado evidentes o una alta y glamourosa figura. Pero era joven. Y ahora no.







Aparto la mirada del espejo y la vuelvo a fijar en la televisión. Vaya, echan unos programas curiosos de teletienda. ¡Cómo si esos aparatejos del tres al cuarto funcionaran! Aunque una vez llamé a una pitonisa de ésas... bueno, he caído dos veces, otra llamé a un concurso de los de que tienen la palabra casa y nadie lo adivina... Vaya, he sido tonta también, una estúpida. En el fondo siempre he sido bastante de aquella manera, una infeliz buscando en las ofertas baratas soluciones fáciles a precios de stock. Siempre he ido a lo fácil. Por eso quizá me casé. Era la vía rápida, la más cercana y la que todas usaban. Al comienzo todo era maravilloso, tan nuevo, pero después, como pasa con los juguetes, la novedad pasa y bien el juguete ha perdido todo tu interés o se ha roto o sólo lo volverás a recordar de casualidad, al toparte con él detrás del sillón con mil cosas más que cayeron y fueron acumulando polvo. Vamos, que el amor y el matrimonio no fueron lo que esperaba. Amé brevemente, quise un tanto más y fui y soy amiga más que amante. Lo cierto es que no sé si él me ha engañado, parece siempre tan sosegado y dueño de sí mismo... Una vez sospeché, llegó a casa tarde, borracho, me dijo que había ido de cena con la empresa y que no me había podido avisar porque no había cabinas por ningún lado. Yo entonces estaba en mi fase de querer, el amor y la pasión habían escapado, los niños eran adolescentes, pero me aferraba a la idea de que si vivíamos juntos al menos teníamos que respetarnos y, como solaje del amor, querernos. Porque querer no es lo mismo que amar. Amar es la locura de entregarse por entero, de que el sexo sea casi una comunión del uno con el otro, una sensación de unión casi total, perderse en la mirada... O lo que es lo mismo, ser la amante. Eso es amar. Pero la seguridad, la rutina y las disputas tontas, el desencanto de perder el misterio de saber si al día siguiente lo verás al lado de tu cama, descubrir esas zonas secretas que antes imaginaras, la pérdida de intimidad con los niños, la energía que gastas en que todo vaya bien. Todo eso agota. Sí, en esa época que me hubiera engañado me habría herido en lo más profundo. Quizá entonces habría sido capaz de dejarle, de llevarme a los niños y dejarle. Pero no me ha dado más motivos de sospecha, y ya estoy mayor para aventurarme al ciclo de amante-prometida-esposa-amiga-extraña.






Mis pensamientos se detienen un momento.


Se acerca a mi lado y se sienta. Me pregunta que qué estoy viendo. Le respondo "si lo puedes ver, ¿para qué preguntas?". Me mira extrañado por mi brusquedad. Yo también estoy sorprendida, nunca he sido arisca aunque sí discretamente fría en mis enfados. "¿Qué haces, qué haces, qué haces?". Entonces él se vuelve, me retira un escaso mechón de la cara mientras yo sigo con la mirada fija en el televisor, como si nada hubiera pasado. Él se me queda mirando, y, finalmente, fija también la mirada en el televisor. Echan un anuncio de compresas contra la pérdida de orina. Acaba y le sigue una en la que un globo se escapa al vacío. "Ésa es nuestra vida, se escapa sin darte cuenta, con el helio impulsándola, como el amor, y cuando se acaba el efecto no queda sino la caída". Mientras, él ha deslizado, como siempre, el brazo sobre mis hombros, como aquella vez que, como en una típica escena de película, en la primera cita me rodeara para robarme un primer beso. Yo sigo tensa, con la mirada al frente. Sigo dándole vueltas a la vida que se ha escapado y que se me escapa, dándole vueltas a las oportunidades. La vejez me está volviendo huraña y una melancólica renfunfuñona. No, no es la vejez, es pararse a pensar en los pudo ser... Él me acaricia el hombro, una caricia automática. Me dice, "no te sientas sola y te calles, son muchos años de silencio, dime algo, ¿en qué piensas?... Hace tiempo que siento que te he perdido, y tu respuesta de antes me ha hecho pensar en todas esas veces que sólo decías sí o no. Dime algo, cuéntame algo, ¿se ha muerto el vecino?, ¿han dado una noticia graciosa mientras iba al médico?. Sabes, me ha dicho que tengo cáncer de hígado, debí hacerte caso cuando decías que no bebiera... ¿Recuerdas esa vez que llegué borracho?, ¿que te dije que no pude avisarte?, estuve a punto de serte infiel, pero no pude, recordé todos esos recuerdos que hemos compartido. La verdad es que no fue una buena borrachera, en vez de alegrarme me dió un bajón, de eso que los jóvenes llaman "chungos", ya me entiendes... Cuando llegué a casa fingí estar más borracho de lo que estaba, y tú, confiada de mi inconsciencia, estabas hecha una furia, pero apenas se te notaba, respondías tan fría e indiferente... Menos mal que son muchos años, me he dado cuenta que te hice daño. Muchos años, en los que te he notado cada vez más fría, me pregunto... Me pregunto si te arrepientes de haberte casado conmigo, de mí, si te he decepcionado todas estas décadas juntos... Me pregunto qué piensas cuando me dices sosegadamente, con la mirada baja "pásame la sal" ", calla un segundo y sonríe, "aunque con la tensión ya casi no me dices eso, ya sabes, estos médicos, que si colesterol, que si la tensión, y ahora, cáncer de hígado. Cuando me lo ha dicho lo primero que he recordado es esa vez que volví como una cuba. Porque me dí cuenta de que te amaba, y porque ví en tu mirada que tú me querías y que te había hecho daño. Estuve a punto de acostarme con una, pero no pude. Te he amado de una forma extraña, nos hemos amado de una forma extraña, ¿no crees?". Me mira, yo sigo con la mirada fija en el televisor. He de contenerme, él se está derrumbando, alguien ha de ser fuerte.







"No me miras, quizá es que yo he amado de manera extraña y tú, quizá... " Parpadeo, incómoda, yo quizá... ¿quizá...?. "¿Ha llamado ya el pequeño?", me dice. Vuelvo la mirada, un instante breve, eterno, le cojo la mano que acariciaba mi hombro derecho, y vuelvo a mirar a la televisión. "No pasa nada, se lo diremos más adelante, si es que realmente es tan malo", le digo. "Tú siempre tan optimista", me dice. Acaba la película de la tarde, "Kramer vs Kramer". Lo miro levantarse e ir a la cocina a por agua para tomar sus pastillas de la tensión. No, no es un olmo hendido y sin hojas, es un olmo regio y con las vetas sabias de la edad. Me levanto. Voy hacia la cocina. "¿Dónde has dejado las botellas de agua que compraste el otro día?", me pregunta. "Donde siempre han estado". Ésa es la respuesta.


Me miro al espejo, y me acaricio los labios, sonrío, ha sonado el teléfono. "Mamá, ¡me caso!, ¿recuerdas esa chica de la que te hablé?, bien, es fantástica, como tú, seremos tan felices como fuisteis papá y tú", yo callo, miro hacia la cocina, me retoco el escaso flequillo blanquecino. "¿Mamá, me has oído? ¡Me caso! Dile a papá que se ponga, anda, sé buena y dime felicidades de paso". "Tu padre está en el baño, ¿sabes?, no recordaba dónde puse el agua y le he respondido que donde siempre". "Mamá, divagas... ¿no me vas a decir felicidades?".Callo. "Sabes, amar, querer y compartir el día a día son lo mismo, y al final del día no hace falta que sepáis todo de cada uno, ni que todo haya sido perfecto, tendrás dudas, tendrás altibajos pero habrá merecido la pena. Como siempre", sonrío y miro hacia al baño, por si sale su padre y pasarle la vez. "Mamá, no me has dicho felicidades pero estás hablando como una consejera matrimonial", bufa, "ya sé que no todo será perfecto, pero ¿sabes?", acerco el teléfono aún más, "me estás hablando por primera vez como a un adulto, de tú a tú", rompe a reírse a carcajadas. "Es que eres un adulto cuando amas, ya no eres sólo tú". "¿Y papá? ¿se pone o no?". Pego un grito. No responde, igual se ha desconectado el audífono. "En serio, mamá, a ver si se ha desenchufado el audífono, el muy cabezota no es tan mayor como para llevarlo y bien que se lo quita el muy cabrito cuando puede...", se echa a reír. "Después te llamo, ¿vale?, voy a ver a tu padre a ver qué pasa", oigo un gruñido de queja, mi hijo siempre ha sido un impaciente y un tanto egoísta con sus amores. Cuelgo y voy hacia el baño.


Asomo por la puerta, no está. Subo las escaleras hacia nuestro dormitorio, en el que hay dos camas separadas. En una de ellas está tumbado él. Me asusto. Me acerco corriendo, parece estar frío, plácidamente sosegado, le tomo el pulso... Está vivo. Está vivo. Está vivo... Lo está, ¡gracias a Dios! Lloro, por el remordimiento de haberme arrepentido de mi vida, por haber ambicionado ser una joven descarada, por rechazar para ello a una vida entera con un marido distante pero fiel, con unos hijos que son independientes, por mi propio aislamiento voluntario... Lloro porque no me he hecho comprender, por esa confesión de mi marido en el sofá ante unos tristes anuncios y mi silencio de respuesta. Lloro por la vejez de ambiciones marchitas. Se despierta. Me mira, parece comprenderme. Se alza y acabo recogida por sus hombros. Recuerdo esa vez que supe que estaba embarazada, esa vez llena de sorpresa, confusión y, finalmente, alegría. Esa vez me arropó en sus brazos y me dijo que me casara con él. Me levanto. Él parece apenado, se mira el hueco de los brazos que antes me sujetaban. Voy hacia la puerta, la cierro. Me aproximo a mi lado de la cama y apoyo las manos en la cubierta, la empujo. Él sonríe. Y ahora sí, me tumbo a su lado, cerca, muy cerca. "¿Recuerdas cuando a los 15 años te bañaste en el río por la noche y por casi te ahogaste?, menos mal que yo estaba espiándote, ¿qué habría sido de ti sin un mirón a la zaga en un verano caluroso?", nos reímos. "¿Y recuerdas cuando perdimos las alianzas justo antes de la boda?, tú estabas de los nervios y yo estaba furiosa", "sí, y al final las tenía tu sobrino, el pequeño, que iba a ser el portador", gruñe entre dientes, como su hijo menor suele hacer, "por casi lo matamos". Seguimos tranquilamente uno junto al otro, rememorando. "¿Dónde estabas esa vez que te busqué durante la fiesta de tu hermana?, me preocupaste, y después apareciste de la nada a mi lado, sonriendo y con una gran copa en la mano". Callo, había estado con un ex-pretendiente de la infancia, a punto de haberme perdido. Simplemente le respondo, "estaba donde siempre, a tu lado aun cuando no me veías o yo te veía a ti".


Al fin y al cabo, no hemos de saberlo todo el uno del otro. Basta con estar juntos, unidos por un lazo rojo.







----------------------------------------------------Frases-------------------------------------------------------

  • El silencio es la conversación de las personas que se quieren. Lo que cuenta no es lo que se dice, sino lo que no es necesario decir. Albert Camus.

  • Si penetramos en nuestro propio silencio y tenemos valor para avanzar en la soledad de nuestro corazón, llegaremos hasta la luz, más allá de las palabras y explicaciones. Thomas Merton
  • A veces, el silencio es la peor mentira. Miguel de Unamuno
  • Algunos encuentran el silencio insoportable porque tienen demasiado ruido dentro de ellos mismos. Robert Fripp
  • El silencio es como el viento: atiza los grandes malentendidos y no extingue más que los pequeños. Eddie Constantine


--------------------------En medio del silencio, un grito que se declara------------------------



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