2/5/10

Mini novias y mini marineros en tierra

Compuestas y sin novio. Niñas-mujeres-preadolescentes de nueve años y niños imberbes a mitad de camino a la edad adulta.






Emocionados, fervorosos creyentes de un aluvión de "recuerdos" que no regalos. Los vemos entrar entre formales y reticentes, ensayados mil veces los gestos, las palabras, la postura y la actitud angelical de una inocencia que se rompe en momentos no de maldad, sino de travesura. Desfilan de dos en dos, serios pero no adustos. Van a un altar en el que asoma, airoso, un santo de cuyo nombre no puedo acordarme, pero que señala al cielo con el dedo índice. Una señora a mi lado comenta "parece otro gesto", me fijo en esa figura petrificada en su santidad por un milagro que nadie me ha mencionado nunca. Es cierto. Sonrío por lo bajo, no vaya a ser que el señor que reza, arrodillado y con la mirada en el suelo, me diga algo. Es curioso. Yo, no creyente, miro al santo, a la tierra que parece prometer, y él, mira a la tierra subterránea, con los pies atados, encadenados al suelo, como recordándose cuál es su destino. No me preocupo por eso. Hay una niña llena de ilusión, aunque no sea la que sus adultos quieren creer. Una ilusión menos mágica y transcendental; que es su día, que se ha convertido en la princesita protagonista que tanto ve en las televisiones bombardeándola de deseos.




Caminan, oigo los sonidos del entrechocar de las faldas, todas níveas, a todo caso ahuesadas. Miento, no lo oigo. Porque, a pesar de todo, he de decir algo. ¿Por qué esta celebración? Los adultos parecen más inquietos que esa pretendida madurez que parecen emitir las niñas. Incluso hay un ambiente de crispamiento en el aire, una señora anciana acompañada de su ya crecida hija -quien en su día tuvo su propia ceremonia- preguntan si un asiento está ocupado y responden que sí, incluso en esta construcción sacra hay oferta y demanda, existen las reservas de antemano, y señoras ancianas se quedan de pie habiendo un banco medi vacío. No sólo eso, sino que también hay un runrún molesto al fondo, justo delante de las imponentes puertas de madera envejecida por el tiempo. Ignorantes de techos altos, bóvedas celestes y santos impasibles que miran al frente sin dignarse a bajar las pupilas, los niños más pequeños se regocijan en jugar y corretear, no es el sitio adecuado ni el momento, pero aún con "shhh" y con miradas reprobantes de sus padres, no paran. Están llenos de vida, no pueden evitarlo, para ellos lo sacro queda lejos y es una cachetada en el culo su mayor temor. Como los bebés que no pueden evitar llorar en un bautizo.




A pesar de este zumbido constante de voces, continúa la tradición. Manda callar con alzacuellos una, dos, incluso tres veces, y no más porque es admitir la derrota. ¿Dónde está la fe, es más, el respeto? Nos hemos convertido en seres incapaces de mantener la atención fija, los segundos son horas y las horas siglos. Adaptarse o morir. Las formas toman como ejemplos a unos rígidos niños que mantienen la mínima dignidad, mientras los familiares se remueven en sus asientos. De pie, sentados, de pie, sentados. Una rutina-tortura que no termina. Una voz grave a mis espaldas se adelanta a las frases que enuncia con sayo -que no saña- el peripuesto creyente. Unas jóvenes, poco mayores que yo, en vez de estar en pie están sentadas, pero contestan, con una risa cantarina implícita -ellas, como los niños, no pueden evitar estar llenas de vida- las consabidas frases. El coro, oculto a mi vista y situado en lo alto, resuena suavemente por todo el lugar, choca con las altas paredes para redireccionarse a nuestros tímpanos. Continúa, sin embargo, la ceremonia con el murmullo convenido.







¿Por qué estas celebraciones? Tradición pura y dura, las amigas la hacen, las compañeras también, yo en mi día la hice. Y no sabía por qué. ¿Y los padres? ¿Saben ellos al menos el porqué? ¿Son realmente creyentes? ¿Lo son esos familiares que ríen en el banquete mientras comen a manos llenas y beben de copas a rebosar? ¿Lo son esos niños que ya han pasado la comunión y se unen a la fiesta? Yo callo, pero no otorgo, os toca a vosotros opinar, en voz alta o rezando.

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